martes, 18 de octubre de 2016

De la conformidad

 El filósofo Armando B. Ginés:

"Lo normal es la mayoría, la tendencia a adaptarse al medio a ultranza. Fuera de la normalidad las inclemencias son muchas: hay que sostener ideas propias, nadar contracorriente, dialogar y proponer, escuchar y dar marcha atrás, tomar el conflicto y la contradicción como motor de la Historia. Salirse de la normalidad, además, puede ser oneroso, sus penas pueden ir desde el ostracismo al paro y desde la mala fama a la indiferencia. Un sexto sentido imbricado con el instinto de conservación nos dice que en la normalidad, aunque todo lo que acontezca sea repetitivo, aburrido e insustancial, la supervivencia viene asegurada de serie. Entrar en el régimen de lo normal nos trasforma en cómplices de un barco que solo busca atracar en puertos al abrigo de la tradición y las costumbres seculares. Dentro de la normalidad reina el sentido común de ser siempre fieles a sí mismos. Nada por aquí, nada por allá, tiempo de bonanza perpetua y quietud absoluta (...)
 Los que se quedan en la cuneta, en el limbo o en la orilla de la escapada del hambre son culpables únicos de su funesto destino. La vida es una dualidad radical e inevitable que conduce al éxito o al fracaso. Los que están arriba han competido adecuadamente y son los mejores. En el mundo, pues, la pobreza, la desigualdad y el infortunio son producto de luchas naturales: el pez gordo se come al chico; viven los más aptos; mueren los peores. A priori, su moral es extrema; a posteriori, todo es una falacia idealista interesada para justificar los desmanes sociales de las estructuras capitalistas: cuando un rico pierde en la batalla comercial o financiera, todos debemos ayudarle desde el erario público en aras de la concordia social. A pesar de lo expuesto, ha calado muy hondo en la conciencia colectiva que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Que todos luchamos contra todos. Que la cooperación es un grito desgarrado de los débiles para exprimir la inteligencia y los recursos de los más aptos. Estamos ante una fórmula ideológica que se ha transformado en idea profunda en el inconsciente colectivo. De ahí hay un salto ínfimo para tañer como un automatismo visceral la campana del racismo contra los inmigrantes y la segregación a divinis de los perdedores de cualquier escaramuza vital (...)
Un resumen gráfico de este rubro podría explicarse con la manida frase de que una imagen vale más que mil palabras. Todo por la praxis sería otra manera de expresar lo mismo. La tecnología ha desbancado al pensamiento. Lo que no deviene en utilidades inmediatas tangibles, no debe tener cabida en la educación de nuestros días. Saber pensar hace daño a las esferas privilegiadas. Es mejor dividir el conocimiento en dualidades enfrentadas: la sacrosanta ciencia y los desvaríos de la filosofía y las humanidades. No sería raro que a largo plazo la complejidad y los matices del lenguaje humano se resolvieran mediante ecuaciones binarias de ceros y unos, balbuceos científicos que omitieran las emociones, el razonamiento, el misterio de la vida y el universo y el placer de sentir el contacto con la propia carne y la el cuerpo de los otros. Resulta curioso observar como los adalides de la técnica como cenit de la obra humana son incapaces de conocer los entresijos de cualquier aparato a su disposición. Con hacer clic les basta y sobra. Tampoco quieren saber las motivaciones que puede haber detrás de un ingenio fabuloso de porte futurista. Esa ciencia tan hermosa ha sido capaz de tocar la Luna, inventar la penicilina y también de idear la bomba atómica. Sin historia, ni ética, ni moral, ni política, ni filosofía seremos meros autómatas de un poder omnímodo e incontrolable. Saber pensar nunca debe estar reñido con el saber hacer. Han de ir de la mano para prevenir disparates por el monocultivo de una sola faceta del conocimiento humano"



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