sábado, 29 de julio de 2017

Carmen carmini


A mis amigas artesanas y amigos vendedores ambulantes de la Plaza de las Flores gaditana, y alrededores, a su lucha contra la indiferencia del Ayuntamiento de Podemos y el constante abuso policial. Si lo hubiera sabido el primer día, cuando saludé a JC Monedero en la plaza San Francisco, quien fue muy amable, le hubiera dado el recadito para su amigo Kichi  (con quien por cierto me confundieron varias veces de noche, gafas y pelo rizado. Lo siento: el desnudo a las cuatro de la madrugada en la playa no era el alcalde)
(Y por supuesto, al insigne poeta callejero y del Cambalache, Calita de la Plata, con quien recitaba a Miguel Hernández desde nuestra nube borracha y fumada)

"Quién domina el mundo", capítulo 7, Noam Chomsky
(Junto a "Hegemonía o supervivencia", su mejor libro en este siglo XXI):
 
"El significado de la Carta acompañante [de la Carta Magna], la Carta del Bosque, no es menos profundo y puede que hoy día resulte incluso más pertinente (...)
La Carta del Bosque exigía la protección de los comunes frente al poder externo. Los bienes comunes eran la fuente de sustento de la población en general: combustible, comida, materiales de construcción, lo que fuera esencial para la vida. El bosque no era un páramo salvaje, se había usado cuidadosamente a lo largo de generaciones, se había mantenido en común, con su riqueza a disposición de todos y preservándolo para generaciones futuras. Este tipo de prácticas se encuentran, sobre todo, en sociedades tradicionales que están amenazadas en todo el mundo.
La Carta del Bosque impuso límites a la privatización. Los mitos de Robin Hood captan la esencia de sus preocupaciones (no es de extrañar que Las aventuras de Robin Hood las escribieran anónimamente guionistas de Hollywood que estaban en la lista negra por su ideología de izquierdas).
No obstante, en el siglo XVII, esa ley era víctima del desarrollo de la economía de productos básicos y de la práctica y moral capitalistas.
En cuanto los bienes comunes dejaron de estar reservados para alimentar a todos y mediante el uso cooperativo, los derechos de la gente común quedaron restringidos a lo que no podía privatizarse, una categoría que continúa encogiéndose hasta hacerse casi invisible. En Bolivia, el intento de privatizar el agua lo frenó, en última instancia, un levantamiento que llevó al poder a la mayoría indígena por primera vez en la Historia (...)
Las limitaciones medioambientales [en el Salvador, contra la destructiva minería del oro avalada por el Banco Mundial] amenazan con privar a la compañía de beneficios, un delito que puede ser castigado según las reglas del régimen del inversor, mal llamado "libre comercio" (...)
[Luego viene el ejemplo de los minerales en el Este del Congo, sus millones de muertos para componentes de nuestros móviles]
Una equivalente internacional fue el concepto de terra nullius, empleado para justificar la expulsión de poblaciones indígenas en las sociedades de asentamientos-colonos de la anglosfera, o su "exterminio", como defendieron los Padres Fundadores de EEUU, en ocasiones con remordimiento postrero. Según esta útil doctrina los indios no tenían derechos de propiedad porque eran nómadas en una tierra salvaje. Por consiguiente, los esforzados colonos podían conferirle valor a lo que no lo tenía al darle a la tierra salvaje un uso comercial (...)
Los grises pronósticos de la tragedia de los comunes tienen quien los cuestione. La difunta Elinor Olstrom ganó el Premio Nobel de Economía en 2009 por un trabajo en el que mostraba que las reservas de pesca, los pastos, los bosques, lagos y aguas subterráneas están mejor gestionadas cuando hay un uso compartido. Pero la doctrina convencional se impone si aceptamos su premisa tácita: que los humanos están ciegamente impulsados por lo que los trabajadores norteamericanos, al alba de la revolución industrial, llamaron amargamente "el nuevo Espíritu de la época: ganar riqueza olvidando todo menos el yo"
Como los campesinos y los obreros ingleses antes que ellos, los obreros norteamericanos denunciaron ese nuevo espíritu que se les imponía y que consideraban degradante y destructivo, un ataque contra la naturaleza de hombres y mujeres libres. Y destaco mujeres: entre los más activos y vehementes en condenar la destrucción de los derechos y la dignidad de las personas libres  por el sistema industrial capitalista estaban las factory girls, mujeres jóvenes procedentes de las granjas. A ellas también las empujaron al régimen de mano de obra controlada, que en su momento solo se diferenciaba de la esclavitud en que era temporal"