“En los países democráticos no se percibe la naturaleza violenta de la economía, mientras que en los países autoritarios lo que no se percibe es la naturaleza económica de la violencia”
Bertolt Brecht

"Hay que aprender de los errores del siglo XX y superarlos. El capitalismo no lo ha hecho. Los socialistas deben hacerlo"
Tariq Ali

"La cuestión no es mercado sí o mercado no, es qué espacio tenemos que concederle al mercado para que tenga efectos positivos y qué espacio tenemos que quitarle para que no tenga efectos negativos"
César Rendueles ("Capitalismo canalla" antídoto para "Los enemigos del comercio" de A. Escohotado)

"Los poderosos siempre han perseguido a los alfabetizadores, a los que paraban las balas con columnas de periódico, a los que hacían escudos con libros cargados de metáforas y razones. También a los que han hecho visibles a los invisibles, a los que enseñan a decir no con una sonrisa y también a los que enseñan desde el monte a recordar que no hay que vivir de rodillas"
J.C. Monedero

Qué son los PsyOps: "Los daños que causan las PsyOps [Operaciones Psicológicas] se reflejan en la aparición de cambios en el plano cognitivo y mental (...) Toda operación militar, y por tanto toda operación psicológica, tiene que contar con una cadena de mando. El análisis detallado de los mensajes a través de Twitter y Facebook ha permitido descubrir «nodos de red», o sea estados mayores implicados en la operación. Estos están entrenados en el uso de métodos de control de las multitudes para crear una situación de contagio entre individuos de diferentes medios y orígenes. De esa manera, los estados mayores logran localizar fácilmente los «repetidores de opinión», o sea los individuos que influyen sobre los demás. Los especialistas pueden entonces optar entre informarlos sobre el proyecto o mantenerlos en la ignorancia de lo que está sucediendo"
Valentin Vasilescu (experto en inteligencia militar)

"Gozamos de tres bienes de valor incalculable. La libertad de conciencia, la libertad de palabra y la prudencia de no usar nunca ninguna de las dos". Mark Twain.


martes, 20 de noviembre de 2018

De monos a dioses, o viceversa


Yuval Harari, el filósofo de cabecera de Obama, Bill Gates y los chicos Silicon Valley se sintió incómodo cuando comprobó que todos ellos le ensalzan como el arquitecto intelectual de la futura tecno-religión universal, de la que se consideran los primeros profetas.
En su condición cultural hebrea, Harari no puede por menos que apelar al mito del Génesis: seréis como dioses.
En respuesta a esta incomodidad, se ha puesto a denunciar recientemente el poder algorítmico que nos conoce mejor que nosotros mismos a fuerza de de Big Data, y que cada vez decide y decidirá más por nosotros. 
Y según defiende él todavía, mejor.
Ya lo está haciendo políticamente: desde Trump o el Brexit, a Bolsonaro.
Ciao al presunto libre albedrío, clama de pronto. A la rebeldía de cualquier pensamiento crítico, nos vendría a decir. A la democracia. 
Pero todo eso agrada a los nuevos dioses. O como poco, arquitectos precursores de los dioses que vendrán.
Los privilegiados podrán alargar su vida en siglos, pero igualmente reconoce ahora que las tendencias apuntan a una gran mayoría humana sobrante en esa agenda quizás imparable.
Cooperamos en masa en virtud de relatos compartidos, contaba en su Sapiens: de animales a dioses. Desde los viejos dioses a las recientes instituciones, entre ellas principalmente el dinero. Todos ellos relatos comunales imaginarios, de enorme poder, que mueven a cada vez más millones de personas en la evolución histórica. Este poder cooperativo nos lleva hoy a tecnologías que trasladan la propia vida al material inorgánico, de base silícica (como los químicos saben desde hace mucho tiempo, el silicio es el único elemento capaz de generar largas y complejas cadenas estables como el carbono).
Serán la inteligencia artificial y nuestros seres tecnobiológicos los que ultimen la expansión de la vida más allá del planeta, no será la especie humana en sí misma, vaticina con bastante realismo.
Como Hegel lo pensaba de su propia filosofía, que culminaba en sí misma la culminación histórica que anunciaba, creo que su honestidad lo empuja de pronto a incomodarse al comprobar que él mismo teje un gran relato asumido gustosamente por la elite de vanguardia y que aspira a convertirse en tecno-religión universal, previa evangelización mediática desde el poder por todos sus poros de comunicación global.
De una potencia analítica singular, creo que Harari se acerca al segundo Harari con mayor celeridad de lo que Wittgenstein tardó en llegar al segundo Wittgenstein, como mandan los tiempos acelerados. Lo hace una vez empieza a sopesar las consecuencias que se derivan de su tecno-religión, y el contraste abismal con los ideales del viejo humanismo ilustrado que apostaba por la libertad y autonomía humanas.
Sencillamente, matiza ahora, aún estamos a tiempo de equilibrar la distopía antihumanista que pinta si tratamos de regresar la tecnología en beneficio de la mayoría de la población. Aunque ninguno sepamos cómo realizar ese camino en lo que respecta al enorme poder mundial concentrado. 
Desde luego usar Internet para el conocimiento como hace él, que no usa móvil y vive en el campo, pero en ningún caso usarla para que nos use, para que guíe nuestros pasos y nos sugiera constantemente hacia dónde ir, parece un muy buen primer paso.
En cualquier caso, de monos a dioses nos retrotrae al dictum nietzscheano que contempla lo humano como el puente entre el animal y el superhombre. Precisamente trascendiendo las reglas del humanismo moral, en el caso de Nietzsche: Harari comienza a retroceder ante semejante abismo y eso le honra.
Porque este nuevo gran relato tecno-religioso nos podría hacer desempolvar como seria interferencia no solo el del Génesis invertido, sino el moderno del aprendiz de brujo goethiano.

 

Globalización de qué


El pulitzer Chris Hedges, a la pregunta de si existen diferencias entre el partido Demócrata y el Republicano (las dos facciones del Partido Único en palabras de Chomsky o Samir Amin): "Desde luego que hay diferencias. Se trata de cómo quieres que te hagan llegar el fascismo corporativo. ¿Quieres que te lo haga llegar un licenciado por Princeton, un criminal de Goldman Sachs o un racista, nativista y fascista cristiano? Porque esta es esencialmente la ideología que la administración Trump ha aceptado de buena gana porque Trump no tiene ideología. Por eso tratan de llenar su vacío ideológico.
Pero sabes bien, y has expuesto ya esta cuestión, que ambos partidos están haciendo avanzar los motores fundamentales del poder corporativo oligárquico global y uno de ellos intenta presentar esto de forma multicultural e inclusiva. El otro es, ya sabes, algo así como verse abrazado por un hato de trogloditas. Pero no hay forma alguna dentro del sistema político estadounidense que pueda domesticar o desafiar a la maquinaria de la guerra o a Goldman Sachs o ExxonMobil"
 
Última entrevista a Samir Amin:
 
"El colapso de estos tres sistemas, la llamada socialdemocracia en Occidente, el sistema soviético y nuestro sistema, es lo que proporciona todas las condiciones para que el capitalismo imperialista tome la ofensiva y haga cumplir su nuevo patrón de globalización (…)
El término clave aquí es capitalismo monopolista global. El capitalismo monopolista, como fuerza social, no es nada nuevo. Se movió en dos etapas
La primera etapa del capitalismo monopolista fue desde fines del siglo XVIII hasta la Segunda Guerra Mundial, un largo período de más de un siglo. Este capital monopolista fue analizado por socialdemócratas como John A. Hobson y Rudolf Hilferding. Durante este período el capital monopolista tenía carácter nacional. Hubo imperialismo británico, imperialismo estadounidense, imperialismo alemán, imperialismo japonés e imperialismo francés.
Como escribió Lenin en sus estudios sobre el imperialismo en 1916, estas fuerzas imperialistas no solo conquistaron y subyugaron a la periferia, sino que a la par estaban luchando entre sí. La lucha entre ellas condujo a dos Guerras Mundiales.
Todas las revoluciones socialistas de ese período tuvieron lugar en la periferia del sistema imperialista global, comenzando en la semi-periferia, con el eslabón más débil, Rusia y luego en las periferias reales, Cuba y Vietnam. Ninguna revolución tuvo lugar en Occidente. No hubo una revolución socialista en la agenda de Estados Unidos, Europa occidental o Japón.
Después de la Segunda Guerra Mundial, gradualmente primero y repentinamente después, a mediados de la década de 1970, el capital monopolista en Occidente se movió a una nueva etapa que he denominado capital monopolista generalizado.
El capital monopolista fue lo suficientemente exitoso como para someter todas las otras formas de producción social a la posición de ser sus subcontratistas. Eso significó que el valor producido por las actividades humanas fue, en gran medida, absorbido por el capital monopolista en forma de renta imperialista. En esta nueva globalización, nuestros países son invitados a ser subcontratistas del imperialismo. Esto es obvio en el caso de la India (...)
 
Un elemento importante es aclarar que la maquinaria del Estado no se disuelve en esta era de globalización. La realidad es que el capital monopolista, incluso en los países imperialistas, necesita de la maquinaria del Estado.
El Estado ha sido domesticado para servir exclusivamente a los intereses de los imperialistas. Lo pueden ver en la forma en que Donald Trump utiliza el gobierno en Estados Unidos y lo pueden ver en los llamados consensos nacionales de Gran Bretaña, Francia y Alemania. Por lo tanto, decir que las fuerzas del mercado reemplazan al Estado es una tontería. El Estado con sus aparatos de poder militar y policial es esencial para el proceso de globalización (…)
 
Después de nuestra victoria, de la victoria del pueblo indio junto con la victoria de los chinos y otros [Conferencia de Bandung y descolonización], negociamos la globalización. Ahora estamos de regreso a la llamada globalización liberal, que es decidida unilateralmente por los países del G7 (Grupo de los 7), esto es Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y Japón.
El desafío que tenemos ante nosotros es rechazar este patrón de globalización, no tener ilusiones con esta globalización. Para los países africanos la globalización significa el saqueo de sus recursos nacionales como petróleo, gas, minerales y también tierras cultivables.
Para la India, al igual que para muchos países de América Latina y del sur de Asia, toma otras formas. Esto incluye aprovecharse de nuestra mano de obra barata, transfiriendo valor creado en nuestros países a través de la extracción de renta monopólica para el sistema imperialista. Este es el desafío que tenemos ante nosotros.
 
John Bellamy Foster del Monthly Review escribe que solo nos quedan dos opciones: el socialismo o la exterminación, ya que el capitalismo ha llegado a un callejón sin salida. Usted ha escrito que el capitalismo se ha vuelto obsoleto. ¿El fin del capitalismo está en el horizonte? ¿Qué es lo que hace del capitalismo un sistema social obsoleto?
AMIN: El capitalismo está en una crisis estructural. A mediados de la década de 1970, las tasas de crecimiento de los centros desarrollados capitalistas, Estados Unidos, Europa y Japón cayeron a la mitad de lo que habían sido en los treinta años anteriores. Y no se han recuperado desde entonces. Esto significa que la crisis continúa e incluso se profundiza año tras año (...)
Hemos llegado al punto en que el capitalismo ha empezado a declinar.
El declive es un momento muy peligroso. El capitalismo no va a esperar su muerte tranquilamente. Se comportará cada vez más salvajemente para mantener su posición, para mantener la supremacía imperialista de los centros. Esta es la raíz del problema y de las guerras imperiales.
La guerra comenzó en 1991, inmediatamente después del colapso de la Unión Soviética. La primera salva fue la Guerra de Irak en 1991. El desmembramiento de Yugoslavia entre 1991 y 2001 trajo esa guerra a Europa.
Ahora, en mi opinión, el sistema europeo en sí mismo ha comenzado a implosionar. Esto se ve en los resultados negativos de las políticas de austeridad. Son negativas para la gente, pero también para el capitalismo porque no provocan crecimiento imperialista (...)
 
En «El retorno del fascismo en el capitalismo contemporáneo» usted argumenta que la crisis del capitalismo contemporáneo crea condiciones fértiles para el retorno del fascismo en el mundo actual. Esto es evidente por la emergencia de varias fuerzas de derecha en diferentes partes del mundo. ¿Está apuntando a una repetición del fascismo clásico?
AMIN: El sistema de la llamada globalización neoliberal no es sostenible. Genera mucha resistencia en el Sur, así como en China. Esta globalización ha creado enormes problemas para el pueblo de Estados Unidos, Japón y Europa. Por lo tanto, esta globalización no es sostenible. Ya que el sistema no es sostenible, el sistema mira hacia el fascismo como la respuesta a su creciente debilidad.
Es por esto por lo que el fascismo ha reaparecido en Occidente. Occidente exporta el fascismo a nuestros países. El terrorismo en nombre del islam. Es una forma de fascismo local. Y hoy, tenemos en India la reacción derechista hinduista (…)
 
La tributación progresiva junto con la continuidad de las llamadas políticas liberales que permiten al capital monopolista operar libremente sólo darán resultados marginales. Más aún, las demandas de impuestos progresivos serán consideradas «imposibles» por las clases dominantes y por ello rechazadas por la clase gobernante.
Lo mismo podría decirse de la fijación de un salario mínimo. Esto es bienvenido, por supuesto, pero tendrá efectos limitados en tanto se continúe con una política económica liberal. Los salarios, una vez elevados, se verán afectados por la inflación, lo cual reducirá sus beneficios. Este es el argumento de los liberales, que rechazan la mera idea de establecer salarios mínimos.
Un acceso más equitativo a la educación y a la salud debe ser el objetivo de cualquier desafío legítimo al sistema capitalista. Pero tal elección implica un crecimiento del gasto público y ¡el liberalismo considera tal crecimiento inaceptable! Avanzar hacia ofrecer «mejores empleos» es, entonces, simplemente una frase vacía si no está respaldada por políticas sistemáticas de industrialización y por la modernización de la agricultura familiar.
China está intentando hacer esto parcialmente, India no. Los liberales insisten en la necesidad de reducir la deuda pública. Pero, las razones para el crecimiento de la deuda pública deben ser explicadas.
¿Qué políticas producen esta alta deuda pública? Este crecimiento es simplemente el resultado inevitable de las políticas liberales. La deuda pública es incluso deseable para el capital monopolista, porque ofrece al capital en exceso oportunidades de inversión financiera. Piketty y otros que han estado escribiendo sobre la desigualdad son todos economistas liberales (…)
Estos académicos son en el mejor de los casos «reformistas», como Joseph Stiglitz, el ex Economista Jefe del Banco Mundial. Los cinco siglos de historia del continuo y creciente desarrollo desigual del capitalismo deberían al menos llevarlos a cuestionar esta hipótesis. O por lo menos llevarnos a nosotros a hacerlo (…)

 
Un puñado, unas pocas decenas de enormemente grandes empresas y menos de 20 instituciones bancarias deciden la dirección de todo.
François Morin, un importante experto financiero, ha dicho que menos de 20 grupos financieros controlan el 90% de las operaciones del sistema financiero y monetario global integrado.
Si añadimos unos 15 grandes bancos, vamos del 90% al 98%. Se trata de apenas un puñado de bancos. Eso es centralización, concentración de poder. La propiedad permanece diseminada, pero eso es de menor importancia. El punto es cómo se controla la propiedad. Esta centralización del control de la propiedad ha llevado al control de la vida política.
Estamos ahora lejos de la democracia burguesa del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. Vivimos ahora en un mundo con un sistema de partido único. Los socialdemócratas y los conservadores son ahora social-liberales.
Puede haber dos partidos que compiten en las elecciones, pero en realidad son el mismo partido. Esto significa que vivimos en un sistema de partido único. En Estados Unidos, demócratas y republicanos han sido siempre un solo partido. No era así en Europa y, por lo tanto, en el pasado, el capitalismo pudo ser parcialmente reformado. Las reformas socialdemócratas de bienestar después de la Segunda Guerra Mundial fueron grandes reformas.
En mi opinión fueron reformas progresistas, incluso si estaban asociadas con el mantenimiento de una actitud imperialista frente a los países del Sur. Ahora eso se ha vuelto imposible. El sistema de partido único ha llegado, pero ha estado perdiendo legitimidad. Eso también abre un camino para el fascismo, para el neofascismo, que está creciendo en todas partes. Esta es una de las razones por las cuales tenemos que desmantelar el sistema"
 
 

lunes, 19 de noviembre de 2018

Momento Tucídides, momento Polanyi


Monereo, Illueca, Anguita: 
 
"Hay que decirlo también aquí y ahora: en momentos en los que el mundo está cambiando de base y atraviesa una transición geopolítica de grandes dimensiones, donde la tendencia de fondo es la multipolaridad, es decir, en pleno proceso de redistribución del poder a nivel global, la UE carece de un proyecto autónomo identificable. La ausencia de una política internacional propia capaz de orientar una transición que se presume conflictiva, condenará a Europa a la subalternidad respecto a la política norteamericana. La “trampa de Tucídides” no es un asunto menor ni una elucubración intelectual. EE. UU. no va a renunciar de forma pacífica a las posiciones de dominio conquistadas tras la Segunda Guerra Mundial, lo que sitúa la guerra como instrumento prioritario para definir los grandes problemas estratégicos. Para Europa, la OTAN implica perpetuar la supeditación a los intereses geoestratégicos norteamericanos, el incremento de los presupuestos militares y convertir las demandas de seguridad en un problema de orden público y de fortaleza del Estado penal (...) 
Sin embargo, lo peor de este nuevo frentismo emergente es que no es capaz de entender las relaciones existentes entre la integración europea (la UE) y la crisis de nuestras debilitadas democracias, ni tampoco las profundas transformaciones que se están operando en nuestras sociedades. No deberíamos engañarnos ni dejarnos engañar: la restauración de democracias de mercado requiere, necesita del miedo como fundamento; de personas aisladas, socialmente desvinculadas e inseguras frente al futuro. El tipo de capitalismo hoy dominante necesita personas que actúen según las reglas y modos que éste exige. Cuando hablamos del “momento Polanyi” nos estamos refiriendo a un fenómeno que aparece en todas partes: una reclamación fundante de protección, de seguridad e identidad, de nostalgia de un orden basado en la comunidad.
Este nuevo frentismo confunde los efectos con las causas; pretende combatir el populismo de derechas sin reparar en las circunstancias que lo han engendrado; aspira a legitimar instituciones que están en crisis en todas partes y hace de la conservación de lo existente el fundamento y el horizonte de lo que está por venir. ¿Realmente se cree que desde estos supuestos es posible rearmar política y culturalmente un movimiento de oposición a las derivas autoritarias que experimentan nuestras sociedades? ¿Alguien piensa seriamente que desde estos puntos de partida se generarán el entusiasmo, la adhesión y el imaginario necesarios para una movilización social capaz de ganar y activar a las mayorías sociales? No lo creemos. Más bien pensamos que será lo contrario. Defender instituciones en crisis y socialmente deslegitimadas únicamente propiciará el fortalecimiento de populismos autoritarios y nacionalistas que acabarán por desviar las demandas de protección hacia fórmulas securitarias que impliquen la restricción de las libertades y de los derechos. Si la izquierda acaba defendiendo este nuevo frentismo, terminará por romper sus ya debilitadas relaciones con las clases populares, perpetuando un camino que la llevará de desaparecer como alternativa de gobierno.
Creemos que hay que aprender de la historia. La democracia, nuestros clásicos así lo entendieron, se defiende desarrollándola, ampliándola, extendiéndola. Esto significa poner en primer plano la contradicción entre la democracia y el capitalismo (...)
Merece la pena recordar una reflexión que nos dejó Perry Anderson hace algún tiempo en un excelente artículo: “para las corrientes anti-sistema de izquierdas, la lección que hay que sacar de estos últimos años está clara. Si quieren dejar de ser eclipsados por sus homólogos de derechas, ya no pueden permitirse ser menos radicales y menos coherentes que ellos en su oposición al sistema. En otras palabras, el futuro de la Unión Europea depende tanto de las decisiones que la han moldeado que ya no podemos contentarnos con reformarla: hay que salir de ella o deshacerla para poder construir en su lugar algo mejor, con otros fundamentos, lo que equivaldría a arrojar al fuego el Tratado de Maastricht” (Le Monde Diplomatique, marzo de 2017).
Nuestra línea de pensamiento está muy próxima a la del historiador británico: se trata de defender el proyecto europeo contra su principal amenaza, que no es otra que la UE, y apostar por una Europa confederal que defienda la paz, las libertades públicas, los derechos sociales y la igualdad entre pueblos y naciones. Para ello, los Estados, la soberanía popular y el autogobierno de las poblaciones europeas no pueden ser considerados como obstáculos a derrotar, sino como instrumentos indispensables que permiten tejer relaciones de cooperación entre los pueblos y garantizar los derechos humanos fundamentales. El debate real en Europa no es entre fascismo y antifascismo. El debate real es continuar con el proyecto neoliberal de la UE o defender un proyecto europeo que realmente lo sea. La respuesta la dará la historia"


domingo, 18 de noviembre de 2018

Trump por Stiglitz

 
Más lecturas sobre Trump: representa la reacción de una elite norteamericana que impuso las reglas de la globalización a su favor, a partir del momento en que esta deja de irles tan de cara con el ascenso chino. Y, claro está, la avanzadilla autoritaria mundial para neutralizar los movimientos populares democratizadores, porque en este nuevo periodo la democracia es el mayor obstáculo a un sistema que para la perpetuación del privilegio debe seguir empobreciendo a cada vez más gente.
 
El premio Nobel de Economía J. Stiglitz:
 
"La manera en la que intento resumirlo es la siguiente: si realmente tuviéramos libre comercio, sería muy sencillo. Se eliminan todas las barreras al comercio, los aranceles, los subsidios. Si se tratara de eso, los acuerdos serían muy cortos. En las recientes negociaciones para revisar el NAFTA, se eliminó directamente la expresión “libre comercio”. Al menos en eso Trump ha sido honesto: este asunto tiene que ver con todo menos con el libre comercio. Por fin reconocen que estamos ante un comercio dirigido para favorecer ciertos intereses particulares.
Ni siquiera está claro que los trabajadores del automóvil vayan a salir beneficiados. Los costes de las empresas automovilísticas van a aumentar. Y esos aumentos en costes van a verse reflejados en los precios, por lo que la demanda de coches estadounidenses descenderá, al ser estos menos competitivos así que no está claro quién saldrá ganando con todo esto. Tampoco lo está en el asunto de los aranceles sobre el acero: los consumidores de acero van a empobrecerse, y hay muchos más trabajadores que utilizan el acero que aquellos que lo producen, así que los trabajadores en su conjunto van a empobrecerse.
Detengámonos por un segundo en esa gente que dice que ha sufrido los daños de la globalización en sus carnes. ¿Cree que Trump cumplirá lo que prometió a esa gente?
No, no. En absoluto. Van a empobrecerse y ya estamos empezando a verlo. Su reforma fiscal va a aumentar los impuestos para la mayoría de gente del segundo, tercer y cuarto quintil cuando se termine de implementar; es decir, para la clase media. Otros trece millones de estadounidenses van a quedarse sin sanidad por culpa de esta reforma fiscal, en un país en el que la esperanza de vida ya está en declive. El déficit comercial está alcanzando nuevas cotas, en parte por culpa de las políticas macroeconómicas que Trump está implementando.
Ahora bien, la parte positiva de todo eso es que estimula la economía, al menos a corto plazo. No es sostenible, pero se ha estimulado la economía, y el desempleo ha bajado. Y quizá, llegados a cierto punto, eso haga que suban los salarios un poco. Es algo que empezamos a ver, pero resulta notable lo mal que están las cosas en lo relativo a los salarios. Y eso se debe a que, incluso con el estímulo que se ha generado, ¿quiénes son los ganadores de la reforma fiscal? Los promotores inmobiliarios. ¿Y quiénes son los grandes perdedores? La educación y los gobiernos locales (...)
Ha mencionado un par de veces a China, así como los efectos que podría tener un aumento del comercio con una China cada vez más poderosa. China es también la mayor tenedora de la deuda estadounidense. ¿Nos aproximamos a una guerra comercial global con China?
Sí, desgraciadamente. Yo fui muy ingenuo al pensar, como tantos, “¿cómo van a dejar que suceda algo así las grandes empresas, que son las que gobiernan EE.UU. desde hace mucho tiempo?” Esas empresas se cuentan entre las perdedoras de todo esto. Pero en los tiempos que corren hay que dejar a un lado todas las teorías políticas y sí, Trump, parece decidido a llevarnos inexorablemente a una guerra comercial. Y la manera en la que lo está haciendo me lleva a pensar que durará mucho tiempo. Lo digo por lo siguiente: hace demandas a las que China no puede acceder.
Históricamente, EE.UU. ha pedido a China que abra sus mercados de seguros y financieros, y es algo que China podría llegar a aceptar. Hay mucho que negociar, pero se puede transigir y llegar a acuerdos. Pero hoy EE.UU. exige a China que renuncie a sus objetivos de convertirse en un país avanzado para 2025. Ningún país aceptaría esa demanda.
¿Cuáles serían las consecuencias de una guerra comercial entre EE.UU. y China?
Somos países enormemente interdependientes. El motivo por el que compramos tanta ropa y otros artículos de China es porque resulta mucho más barato. Lo que sucederá es que compraremos productos textiles de otros países, no que los fabriquemos en EE.UU. Puede que tengamos robots fabricando productos textiles, pero no demasiados. Simplemente, se los compraremos a Bangladesh, Sri Lanka o Vietnam. Esto no va a resultarles de ayuda a los trabajadores estadounidenses. Simplemente, nuestros consumidores pagarán más caro, de manera que no tendremos más empleo, sino más gastos. Hasta un 10 o 20%.
Ha dicho antes algo sobre que no esperaba que esto sucediera porque las grandes empresas no lo querrían, y estas tienen un poder desmedido en EE.UU. Es cierto que Trump no era el candidato favorito de Wall Street o Silicon Valley, pero resulta difícil imaginárselo gobernando contra la gente que financia a su partido. ¿Estamos ante una ruptura dentro de la clase dominante de EE.UU.?
Bueno, hay un par de aspectos interesantes en este asunto. Las grandes corporaciones estadounidenses han estado bastante más calladas en torno a esto de lo que me hubiera podido imaginar. Y hay dos hipótesis sobre el por qué: una es que le tienen miedo a Trump, a sus tuits . La otra es que, durante veinte años, han visto a China como una mina de oro. Podían producir allí pagando salarios bajos, sin tener que atenerse a ningún estándar medioambiental y con competencia muy limitada. Eso ha cambiado. Los controles medioambientales han aumentado, los sueldos han subido, y la competencia dentro de China se ha acrecentado, de modo que ya no están ante la mina de oro de antaño.
Pero sí que hay una división, una ruptura, en el seno del Partido Republicano. Es algo que vemos de manera más vociferante en lo que atañe a los hermanos Koch, los multimillonarios donantes del Tea Party. Son grandes adalides de salir del acuerdo climático de París, de deshacerse de todo tipo de regulaciones, pero también son decididamente internacionalistas (...)
Este giro neoproteccionista, desde Trump al brexit, tiene su faceta comercial, pero también cuenta con un componente de gran hostilidad a la inmigración, que se propone criminalizar y limitar. ¿Qué consecuencias económicas tendrán esas políticas?
De una manera u otra, esas políticas suponen una vuelta a algo que fue central en el Partido Republicano durante mucho tiempo: el aislacionismo, el hacer que América se repliegue sobre sí misma. Pero estamos hablando del periodo anterior a las dos guerras mundiales, antes de que EE.UU. se conviertiera en el poder global que es hoy en día. EE.UU. ha jugado un papel clave en el intento de coordinar la globalización, de apoyar un sistema basado en las reglas del juego, por mucho que yo no esté de acuerdo con las reglas que se ha tratado de imponer al resto. Y, si, en lugar de hacer eso, EE.UU. se vuelve una potencia aislacionista y enemiga del derecho internacional, eso tendrá consecuencias profundas para el avance del Estado de derecho a nivel mundial. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, para bien o para mal, estuvimos en el centro de todo. Y ahora, con Trump, parece que nos retiramos"
 
 

jueves, 15 de noviembre de 2018

De la mala fe sartriana


Bruno Guigue, antiguo alumno de la École Normale Supérieure y de la ENA, alto funcionario de Estado de Francia, escritor y politólogo, profesor de filosofía de educación secundaria, encargado de cursos en relaciones internacionales en la Universidad de La Reunión. Es autor de cinco libros, entre ellos Aux origines du conflit israélo-arabe, L'invisible remords de l'Occident, y de cientos de artículos.
 
"Que los niños yemeníes mueran de hambre por millares, que los palestinos caigan bajo las balas del ocupante, que Siria sea un campo de ruinas y Libia esté inmersa en el caos, apenas nos conmueve. ¿Hay manifestaciones, huelgas o protestas? No realmente. Ni manifestaciones significativas ni debates dignos de ese nombre. El crimen neocolonial se digiere sin dificultad. Pero si sufriéramos lo que nuestros gobiernos infligen a pueblos que no nos han hecho nada, ¿qué diríamos? ¿Si una alianza criminal nos condenase a morir de hambre o de cólera, como en Yemen? ¿Si un ejército ocupante matase a nuestra juventud porque se atreve a protestar, como en Palestina? ¿Si las potencias extranjeras armasen a las milicias para destruir nuestra república, como en Siria? ¿Si una coalición extranjera hubiera bombardeado nuestras ciudades y asesinado a nuestros dirigentes, como en Libia?
La tendencia de los países supuestamente civilizados de echar un púdico velo sobre sus propias infamias no es nueva. Con su «limpieza» la democracia occidental ve más fácilmente la paja en el ojo del vecino que la viga en el propio. De derecha, de izquierda o de centro, vive en un mundo ideal, un universo feliz donde siempre tiene la conciencia de su parte. Sarkozy destruyó Libia, Hollande Siria, Macron Yemen, pero nunca habrá un tribunal internacional que los juzgue. Según el criterio de nuestra bella democracia esas masacres solo son naderías. Un desliz pasajero, si no queda más remedio, pero la intención era buena. ¿Cómo van a querer las democracias otra cosa que el bienestar para todos? Sobre todo destinado al elector medio, el discurso oficial de los occidentales traduce siempre la garantía inamovible de pertenecer al campo del bien. ¿Ustedes sufren opresión, dictadura, oscurantismo? No se preocupen, ¡les enviaremos a los bombarderos! (…)
La Corte Penal Internacional (CPI) es un tribunal para los indígenas, está reservado a los africanos. Las personas como Fabius poseen el arte de esquivarlo.
Empapados de un discurso que les dice que su país siempre está en el lado bueno, los franceses parecen estar a años luz del caos que contribuyen a crear sus dirigentes. Los problemas del mundo solo les afectan cuando las hordas de miserables se presentan en sus puertas. Y son numerosos los que deciden dar su voto –como muchos otros europeos- a quienes les prometen librarlos de esa invasión. Por supuesto esa defensa de la «casa propia» debería ir acompañada, lógicamente, del rechazo a la injerencia en la casa de los demás (...) 
Pero eso no es todo. Podemos incluso preguntarnos si esos presuntos patriotas lo son realmente con ellos mismos, ¿cuántos de ellos son favorables a la salida de sus países de la OTAN, esa máquina de reclutar naciones europeas? Como a la pregunta anterior, la respuesta está clara: ninguno. Esos «nacionalistas» juzgan a la Unión Europea por su política migratoria, pero solo es un trozo de su repertorio patriótico, un auténtico disco rayado de acentos monocordes. Sacan músculo frente a los emigrantes pero no son tan viriles frente a Estados Unidos, los bancos y las multinacionales. Si se tomasen su soberanía en serio se preguntarían por su pertenencia al «campo occidental» y al «mundo libre». Pero eso es mucho preguntarse.
En esta incoherencia generalizada Francia es un caso de manual. Una derecha determinada -extrema derecha más bien- critica con mucho gusto las intervenciones en el extranjero, pero de forma selectiva. El Frente Nacional, por ejemplo, denuncia la injerencia francesa en Siria, pero aprueba la represión israelí contra los palestinos. ¿El derecho de los pueblos al autogobierno es diferente de unos a otros? De hecho ese partido hace exactamente lo mismo que una presunta izquierda que apoya a los palestinos –de boquilla- y aprueba la intervención occidental contra Damasco, señalando incluso que no hacemos lo suficiente y deberíamos bombardear ese país más duramente. El drama es que esas dos incoherencias gemelas –y contrarias- ciegan al pueblo francés.
Comprobamos esta ceguera al ver que mientras los izquierdistas desean el derrocamiento de un Estado laico por los mercenarios de la CIA (en nombre de la democracia y los derechos humanos) los nacionalistas apoyan la ocupación y la represión sionista en Palestina (en nombre de la lucha contra el terrorismo y el islamismo radical).
Es verdad que ese cruce entre pseudopatriotas y pseudoprogresistas tiene también una dimensión histórica. A su manera acarrea la herencia envenenada de los tiempos coloniales. Así la derecha nacionalista critica el neocolonialismo occidental en Siria pero encuentra insoportable que se recuerden los crímenes coloniales perpetrados por Francia en el pasado en Indochina, Argelia o Madagascar. Se supone que no es voluntario, pero la izquierda contemporánea –en nombre de los derechos humanos- hace exactamente lo contrario: juzga al viejo colonialismo, como el de la «Argelia francesa», pero aprueba la intervención neocolonial en Siria contra un Estado soberano que arrebató su independencia al ocupante francés en 1946. En resumen, la derecha ama locamente el colonialismo pasado y la izquierda ama localmente el colonialismo presente. Se riza el rizo y en definitiva todo el mundo está de acuerdo. Víctima: la lucidez colectiva.
Francia es uno de los pocos países donde un colonialismo esconde otro, el viejo, el que hunde sus raíces en la ideología pseudocivilizadora del hombre blanco, se encuentran como regenerado por la sangre nueva del «belicismo del derecho humanista». Ese colonialismo, a su vez, es un poco como el antiguo colonialismo « puesto al alcance de los caniches», parafraseando a Céline. Quiere hacernos llorar antes de lanzar los misiles (…)
Sin duda llegará un día que se dirá, resumiendo, que si Francia sembró el caos en Libia, en Siria y en Yemen, en el fondo, fue para «compartir su cultura», como afirmó François Fillon respecto a la colonización francesa de los siglos pasados. En el «país de los derechos humanos» todo es posible, incluso el autoengaño"