lunes, 28 de noviembre de 2016

Fidel


Sobrevivió a decenas de intentos terroristas de la CIA. Como el suelo cubano, que se convirtió en el que más atentados sufría -por tierra, mar y aire- mientras Reagan los incluía en la lista de países terroristas en los 80 sin haber cometido jamás ninguno; y EEUU protegía en Miami a gente como Posada Carriles, autor del atentado al avión cubano que costó decenas de vidas civiles, y al resto de promotores de decenas de bombas indiscriminadas allí. 
Pregunten a un pobre colombiano, hondureño o guatemalteco -además de a un cubano de la brutal época de Batista, el juego y las mafias estadounidenses allí- si hubieran preferido ser pobres en la Cuba de Fidel. En su respuesta está la sencilla clave contra décadas de propaganda infame. Pese al bloqueo del imperio más poderoso de la Historia -en Irak bastaron diez años para acabar con medio millón de niños, por ejemplo-, resistieron bastante indemnes.
Quizás no lo hicieron mal del todo estos irreductibles. Esperemos un poco a la sentencia de la Historia a ver quién ríe el último, si Fidel o sus detractores imperiales. 



Santiago Alba:
"El siglo XX de la descolonización, de la dignidad recuperada del llamado Tercer Mundo, de las luchas anti-imperialistas, no puede entenderse sin él. Fidel es para América Latina lo que Mandela para África, lo que Ho Chi Min para Asia, lo que Nasser para el mundo árabe y, si los sobrevivió a todos ellos, su sombra se alarga también más lejos. Si miramos hacia atrás desde la exacta y tramposa perspectiva de la hamaca sin tiempo, podemos señalar los errores y las limitaciones, pero nadie con un mínimo de decoro -ese sustantivo tan martiano- podrá negar, repasando algunas acciones decisivas, que esas acciones estuvieron “bien” (como pensó Dios del mundo recién creado) o que, de haber estado vivos y con conciencia en esa época, también nosotros las hubiéramos celebrado, acompañado o apoyado: había que estar en el Moncada, había que estar en Sierra Maestra, había que estar en Playa Girón; y había que estar, luego, en la lucha contra el apartheid en África y en las misiones médicas del Sáhara, de Venezuela o de Pakistán; y había que estar siempre en la resistencia contra el bloqueo y sus crímenes cotidianos; y en la defensa cotidiana de la sanidad y la educación. Con esa mampostería Fidel levantó en la isla un asidero para la utopía, un rompeolas contra el imperialismo y una humanísima chapuza social. Su grandeza tiene que ver con su resistencia frente a un enemigo omnipotente; y también con su capacidad para convertir su pequeño país, a veces a expensas de su propia gente, en un ejemplo “universal” para todos los pueblos sufrientes del mundo. Sin Fidel y sin Cuba hay ciertas cosas que no se podrían ni siquiera haber pensado: la legitimidad de la rebelión, la dignidad de los subalternos, la soberanía de los pequeños. Más que el Fidel real, de una astutísima inteligencia bien ceñida a la orografía de la Guerra Fría, fue esta hormigueante mirada desde abajo -de los que luchaban y luchan por la soberanía- la que lo convirtió en una leyenda viva y, a los ojos de EEUU, en una amenaza que había que destruir. Cuba, con su ejército de médicos y su arsenal de vacunas solidarias, siempre fue mucho más amenazadora para EEUU que al revés. Es Obama quien ha comprendido por fin -a la espera del imprevisible Trump- que unos EEUU debilitados sólo pueden vencerla con turistas y no con misiles. La victoria de Fidel, ya imborrable, es la inversión de las proporciones: la hazaña de llegar a ser el más grande representando a los más pequeños, el más duradero representando a los más frágiles"



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