martes, 20 de diciembre de 2016

Del arte y las máscaras

                                    

"Las obras de arte del África negra, frutos de la creación colectiva, obras de nadie, obras de todos, rara vez se exhiben en pie de igualdad con las obras de los artistas que se consideran dignos de ese nombre. Esos botines del saqueo colonial se encuentran, por excepción, en algunos museos de arte de Europa y de los Estados Unidos, y también en algunas  colecciones  privadas,  pero  su  espacio  natural está  en  los  museos  de antropología.  Reducido  a  la  categoría  de  artesanía  o  de  expresión  folklórica,  el  arte africano es digno de atención, entre otras costumbres de los pueblos exóticos.
El  mundo  llamado  occidental,  acostumbrado  a  actuar  como  acreedor  del  resto  del mundo,  no  tiene  mayor  interés  en  reconocer  sus  propias  deudas.  Y,  sin  embargo, cualquiera  que  tenga  ojos  para  mirar  y  admirar,  podría  muy  bien  preguntarse:  ¿Qué sería del arte del siglo veinte sin el aporte del arte negro? ¿Hubieran sido posibles, sin la mamá  africana  que  les  dio  de  mamar,  las  pinturas  y  las  esculturas  más  famosas  de nuestro tiempo?
En  una  obra  publicada  por  el  Museo  de  Arte  Moderno  de  Nueva  York,  William Rubin  y  otros  estudiosos  han  hecho  un revelador  cotejo  de  imágenes.  Página  tras página,  se  documenta  la deuda del  arte  que  llamamos  arte  con el  arte  de  los pueblos llamados primitivos, que es fuente de inspiración o plagio.
Los principales protagonistas de la pintura y de la escultura contemporáneas han sido alimentados  por  el  arte  africano,  y  algunos  lo  han  copiado  sin  dar  ni  las  gracias.  El genio  más  alto  del  arte  del  siglo  XX,  Pablo  Picasso,  trabajó  siempre  rodeado  de máscaras y tapices del África, y ese influjo aparece en las muchas maravillas que dejó.
La obra que dio origen al cubismo, Les demoiselles d’Avinyó (las señoritas de la calle de las putas, en Barcelona) brinda uno de los numerosos ejemplos. La cara más célebre del cuadro,  la  que  más  rompe  la  simetría  tradicional,  es la  reproducción  exacta  de  una máscara del Congo, que representa una cara deformada por sífilis, expuesta en el Museo Real del África Central, en Bélgica.
Algunas  cabezas  talladas  por  Amadeo  Modigliani  son  hermanas  gemelas  de máscaras de Mali y Nigeria. Las franjas designos de los tapices tradicionales de Mali sirvieron  de  modelo  a  las  grafías  de  Paul  Klee.  Alguna  de  las  tallas  estilizadas  del Congo o de Kenia, hechas antes de que Alberto Giacometti naciera, podrían pasar por obras  de  Alberto  Giacometti  en  cualquier  museo,  y  nadie  se  daría  cuenta.  Se  podría jugar  a  las  diferencias,  y  sería  muy  difícil  adivinarlas,  entre  el  óleo  de  Max  Ernst, Cabeza  de  hombre,  y  la  escultura  en  madera  de  la  Costa  de  Marfil,  Cabeza  de  un caballero, que pertenece a una colección privada de Nueva York. La Luz de luna en una ráfaga de viento, de Alexander Calder, contiene un rostro que es el clon de una máscara luba, del Congo, ubicada en el Museo de Seattle"

Eduardo Galeano (Patas arriba: la escuela del mundo al revés)


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