viernes, 9 de diciembre de 2016

De distopías irreversibles


Tom Engelhardt es cofundador del American Empire Project, autor de The United States of Fear y de una historia de la Guerra Fría, The End of Victory Culture. Forma parte del cuerpo docente del Nation Institute y es administrador de TomDispatch.com. Su libro más reciente es Shadow Government: Surveillance, Secret Wars, and a Global Security State in a Single-Superpower World

"Al igual que con el 11-S, una historia –larga y cargada de reacciones hostiles– precedió a la victoria de Donald Trump del 8 de noviembre. Esa historia incluye la institucionalización de la guerra permanente como una forma de vida en Washington, el crecimiento de un poder autónomo y la preeminencia del estado de la seguridad nacional; todo esto acompañado del desarrollo y la legalización de los poderes más opresivos del Estado, entre ellos la invasiva vigilancia de todos los tipos imaginables, el regreso, desde los campos de batalla más remotos, de la tecnología y la mentalidad de la guerra permanente y la capacidad de asesinar a quienquiera que la Casa Blanca elija matar (incluso a ciudadanos estadounidenses). Además, en relación con las reacciones contrarias, en el ámbito nacional sería necesario incluir el resultado del fallo de 2010 llamado “Citizens Unites” (Ciudadanos unidos) del Tribunal Supremo, que permitió liberar pasmosas sumas de dinero corporativo y del 1 por ciento que está en la cúspide de una sociedad cada vez más desigual para llenar las arcas de un sistema político (sin el cual habría sido impensable la existencia de una presidencia y un gabinete de multimillonarios) (...)
En un momento que, en tantos sentidos, está lleno de extremismo y en el que los yihadistas del estado de seguridad nacional están claramente dispuestos a todo, es posible quizás que las elecciones de 2016 acaben siendo el equivalente en cámara lenta a un golpe de Estado en Estados Unidos. Donald Trump, como otros populistas de derecha antes que él, tiene un temperamento con tendencia no solo a la demagogia (como lo demostró en la campaña presidencial), sino también al autoritarismo en su versión estadounidense, sobre todo desde que en los últimos años –en términos de pérdida de derechos y de reforzamiento de los poderes del Estado– este país ya se ha movido hacia la autocracia, aunque esta realidad sea poco percibida.
Fuera cual fuera la forma en que los acontecimientos del 8 de noviembre hayan sido presentados a los estadounidenses, hay una cosa que cada día es más cierta acerca del país que gobernará Donald Trump. Olvidemos a Valdimir Putin y su destartalado petro-estado: en este momento, el país más peligroso del planeta es el nuestro. Conducido por un hombre que –aparte de la forma de manipular a los medios (en lo que es un genio innato)– sabe bien poco y, al menos en parte, por los frustrados generales provenientes de la guerra estadounidense contra el terror, es probable que Estados Unidos sea un país más extremo, beligerante, irracional, obsesivo; un país que cuenta con unas fuerzas armadas poderosamente pertrechadas, financiadas en un nivel cada vez mayor –al que ningún otro país puede siquiera acercarse– y con pasmosos poderes para intervenir, interferir y reprimir.
No es un cuadro muy atractivo. Aun así, es apenas una introducción a lo que indudablemente debería ser considerado lo más importante del Estados Unidos de Donald Trump: con todo lo que sabemos de la historia golpista de la CIA y la tradición de cambios de régimen por la fuerza de las armas, ¿podría también Estados Unidos hacer pedazos un planeta? Si, en lo más alto de lo que ya es el segundo país emisor de gases de efecto invernadero del mundo, Trump lleva adelante las futuras políticas energéticas que prometió durante la campaña electoral –desfinanciar las ciencias relacionadas con el clima, denunciar o ignorar los acuerdos contra el cambio climático, quitarle importancia al desarrollo de energías alternativas, dar luz verde a los oleoductos y al fracking, alentar aún más otras formas de extracción de combustibles fósiles y repensar completamente a Estados Unidos para convertirlo en la Arabia Saudí de América del Norte–, estará efectivamente iniciando una acción de cambio de régimen contra el planeta Tierra.
Todo lo demás que pueda hacer la administración Trump, incluso introducirnos en un periodo de autocracia estadounidense, formaría parte inherente de la historia de la humanidad. Los despotismos vienen y van. Los déspotas surgen y mueren. Las rebeliones estallan y fracasan. Las democracias un día funcionan y un día dejan de funcionar. La vida continúa. Sin embargo, el cambio climático no tiene nada que ver con todo eso. Puede formar parte de la historia del universo, pero no de la historia humana. En cambio, puede ser un factor decisivo en la Historia"





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