martes, 16 de mayo de 2017

Mayos galdosianos


Santiago Alba:

"Ese famoso 2 de Mayo, fecha secuestrada también por la derecha, miles de madrileños afluyeron de manera espontánea a la Puerta del Sol, sin previo acuerdo ni instrucciones, en un “impulso” que Galdós describe de manera extrañamente familiar para el lector de la segunda década del siglo XXI: “Durante nuestra conversación advertí que la multitud aumentaba, apretándose más. Componíanla personas de ambos sexos y de todas las clases de la sociedad, espontáneamente venidas por uno de esos llamamientos morales, íntimos, misteriosos, informulados, que no parten de ninguna voz oficial, y resuenan de improviso en los oídos de un pueblo entero, hablándole el balbuciente lenguaje de la inspiración”. Galdós, como antes Kant, sabe distinguir una “turba” de un “pueblo”; una “turba”, por ejemplo, fue la que derribó a Godoy en el famoso motín de Aranjuez, que el escritor canario había descrito en su novela anterior con un enorme desprecio. Detrás de los motines siempre hay manos espurias que maniobran en la sombra e intereses enfrentados de las clases dominantes, que movilizan en su favor las peores pasiones de las muchedumbres. El 2 de Mayo en Madrid hay, en cambio, una “revolución”, pues es el impulso moral del pueblo, completamente horizontal, el que, en ausencia de reyes y de ejército, se levanta contra el invasor.
Ese ”impulso moral” es el que, frente a la “turba” amotinada, Galdós llama “pueblo”. Que se trata de un impulso “moral” --de una transformación de la sensibilidad colectiva-- lo demuestra el contraste, subrayado por el escritor, entre la crueldad de la turba que asaltó la casa de Godoy en Aranjuez y la extraña actitud de los madrileños, inclinados por una inspiración superior a arrojarse contra las tropas francesas, a caballo y mejor armadas, pero a perdonar la vida a los soldados  aislados a los que conseguían separar del ejército y acorralar en los portales de la calle Mayor. Es ese impulso moral, prolongado y pervertido después en una guerra sucia y terrible, el que Galdós asocia de manera orgánica con el nacimiento de la “conciencia nacional” y con su defensa activa, el “patriotismo”, en el sentido nuevo que esa palabra adquiere en Francia en 1789.
Ahora bien, si aceptamos con Galdós que España nace el 2 de mayo de 1808 mediante una revolución popular y --enseguida-- una guerra internacional, conviene llamar la atención sobre esta doble paradoja fundacional. La primera es que el País Vasco y Catalunya, que no tienen Estado, se construyen como “nación” antes que España, que nace primero como Estado y sólo más tarde como “nación”. La segunda, aquella de la que se ocupa propiamente Galdós, es la de que la “nación española”, fraguada en una guerra espantosa, nace ya dividida y esa división, que el novelista vive aún efervescente y trágica a finales del siglo XIX, va a marcar el curso completo del siglo XX. España nace dividida --y como división belicosa-- no sólo porque nace sin dejar hueco a las otras naciones ya constituidas sino porque la propia guerra contra el invasor extranjero es ya guerra civil más o menos sorda entre los propios “patriotas”: si todos coinciden en combatir a Napoleón porque “nuestra sarna nos la rascamos nosotros mismos”, unos quieren una “restauración” del pasado contra las “novelerías francesas” y otros, en cambio, quieren aprovechar la quiebra del orden monárquico y la aparición del “pueblo”, ahora único “regente” de hecho del territorio, para hacer una pequeña revolución francesa “española”, revisar el Estado y alumbrar la Nación a partir del principio de la preeminencia de los “reinos” sobre el “rey”, a saber, a partir del principio de la “soberanía popular”. 
Es esta lucha entre naciones y dentro de la nación recién constituida la que va a conferir al Estado español la hechura ortopédica inestable, siempre malograda y casi siempre violenta, que se prolonga hasta 1975 y, en formas amortiguadas, hasta 2017. España es el caso evidente, contra el marxismo ortodoxo, de un Estado que no opera sólo como instrumento de dominio de clase sino como escenario de pugnas ideológicas no resueltas. El 2 de mayo de 1808 es un momento constituyente fallido que, tras la primavera prematura de Cádiz, negada como acontecimiento histórico en el decreto real de 1814 (“nunca pasó”), da lugar a una restauración feroz. Ha habido después otros momentos constituyentes, todos fallidos, entre ellos, por supuesto, la II República y la “transición democrática” del 78. El movimiento 15M, gestado hace seis años también en la Puerta del Sol y a la manera galdosiana, como impulso moral y “sin voz oficial”, ha sido el último de ellos. La diferencia entre el 2 de mayo de 1808 y el 15 de mayo de 2011 tiene que ver, en todo caso, con el contexto institucional. El “pueblo español” nace en la Puerta del Sol sin reyes ni ejército, entre las ruinas de un orden institucional en descomposición que no se recompondrá hasta 1978; renace en la Puerta del Sol, 200 años después, en un contexto igualmente de crisis, pero no de descomposición. El 15M se fragua --o estalla-- en el marco de una crisis de régimen, de partidos, de gestión, una crisis económica y política, española y europea, pero no de Estado; es decir, en una crisis posrevolucionaria o no-revolucionaria. El 2 de mayo fue una revolución, el 15 de mayo no, y ello precisamente porque el 15 de Mayo es un 2 de Mayo del siglo XXI.  Ambos momentos constituyentes, en todo caso, se parecen porque constituyen virtualmente otro país al mismo tiempo que revelan los obstáculos para su constitución: el de unas clases dominantes que se resisten a la preeminencia “de los reinos sobre el reino”; es decir, al desarrollo pleno de la soberanía popular"


 

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