viernes, 16 de enero de 2015

Je suis Orwell


La policía trabaja para la Coca-cola, no para la Audiencia Nacional. En otros lugares del mundo lo hacen directamente los sicarios.


El gobierno trabaja para las farmacéuticas en sus patadas al hígado. A la recámara de la mayoría silenciosa el remedio.


Política también significa que los mismos jueces cambien de criterio de una vez para otra sobre la misma cuestión, en especial si concierne al uso político del terrorismo en año de elecciones. El malestar de muchas organizaciones legales vascas se publicita algo menos. ¿Intención de este gobierno de normalizar alguna vez el problema vasco? Obviamente ninguna.


O que el pequeño Nicolás operase entre las faldas del comisario de la guerra sucia contra el juez Garzón, por investigar la mafia gubernamental o la memoria histórica.


En general, qué poco se publicitan luego las liberaciones sin pruebas tras las diversas operaciones policiales para azuzar miedos colectivos. Las masivas detenciones de yihadistas en Melilla nunca se saldan con iguales portadas para la puesta en libertad sin cargos de la mayoría de los detenidos. Ese es un daño mediático intencionado.

 

O siempre cabe manipular pruebas custodiadas luego por la propia policía para cargarle cuatro años a alguien, como en el caso Alfon del que no se halló ninguna huella en dicho material explosivo tan felizmente hallado.


Controles en Internet, en las fronteras y criminalización policial de amplias gamas de población para salvaguardar nuestra libertad, amenazada por el yihadismo pero garantizada por la Ley Mordaza. Diga Orwell.


La Razón asegura que muchos yihadistas entran saltando la valla de Melilla. La prensa melillense lo aplaude desde el campo de golf. La devolución en caliente se suma entusiásticamente a la lucha antiterrorista. Lo mismo que ahora se dedica a los escraches y esto no les parece un insulto a las víctimas.


Ese Estado Islámico, principalmente masacrador de otros musulmanes, vendía petróleo robado de Irak a Israel mientras estaba
masacrando palestinos, entre ellos periodistas y medios de comunicación. Tan puros que se financian además con la droga y la pornografía.


Vista la oportunidad de un atentado así para un establishment europeo que se parapeta ante la llegada de Syriza y Podemos, amenazante arena social en el engranaje mafioso-financiero de la UE, o para el propio Netanyahu, no está de más plantearse dudas razonables sobre los orígenes y connivencias en dicho atentado.


En efecto, hubiera sido incómodo descubrir a estos yih
adistas de vuelta con las armas francesas con las que se dotó a los rebeldes que hoy componen el Estado Islámico o Al-Qaeda, y no los viejos kalashnikov con olor a semiótica de diseño.


¿Saben los mismos terroristas para quiénes trabajan en última instancia? No necesariamente. ¿Podría tener Al-Qaeda en Yemen un protagonismo tan lejano como el del propio Bin Laden respecto a la ejecución del 11-S, apenas simbólico?
¿Quizás la oleada emocional nos ha escamoteado hasta hoy mucha información relevante?


¿Y ante las narices de cuántos servicios secretos incluido el Mossad transcurrieron sin problema los diversos asaltos? Como en el 11-S, tanta oportunidad para la deriva totalitaria insidiosa prefiere ser llamada hoy "enormes fallos de seguridad", que 10.000 soldados resuelven enseguida. O la persecución policial francesa de toda disensión sobre cómo interpretar lo ocurrido en nombre de la Unidad nacional, incluso civilizatoria.




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