viernes, 8 de julio de 2016

En resumen

 
Andrés Piqueras:

"No hay ningún punto fuerte de ruptura con las coordenadas de juego impuestas por la oligarquía nacional, transnacional y global. Ni ruptura con la dirección extranjera de la política española (la UE y el euro, por ejemplo), ni siquiera denuncia del Plan de Estabilidad europeo que nos obliga a la austeridad presupuestaria y al pago de una deuda tan odiosa como impagable (la cual no se rechaza sino sobre la que tan sólo se intenta negociar para suavizar las condiciones y alargar los plazos de pago). Ni alusión a la forma de Estado, ni plan contra la sobreexplotación laboral, ni política fuerte feminista, ni nacionalización de la Gran Banca y entidades financieras y de crédito, ni de los recursos energéticos ni las industrias de carácter estratégico, ni ley contundente contra los desahucios y por el derecho irrenunciable a la vivienda…
Y es evidente porqué. Cuando empiezas a reformar la casa por el tejado, no puedes cambiar nada de la estructura porque te caes tú mismo.
La falta de fuerzas sociales para revertir el proceso de desguace de lo público tiene su traducción en la timidez de propuestas institucionales al respecto (...)
El programa de mínimos al que me refería antes, por su parte, viene dado por el cambio de fase del capitalismo. En estos momentos no se pueden aplicar programas socialdemócratas clásicos. La tasa de ganancia capitalista está seriamente obstruida en las formaciones centrales, con tendencia a decaer también en las periféricas emergentes en un plazo relativamente breve. Cuando eso ocurra el sistema entrará en modo colapso, el cual puede ser más o menos duradero, pero letal para el conjunto de la humanidad (más cuanto más dure la agonía del sistema).
Por ahora lo que estamos viendo es que si decae seriamente la masa de ganancia no hay ni inversión productiva ni por tanto productividad, ni en consecuencia aumento de la “riqueza social” cuantitativa. Y sin ello el sistema no redistribuye, no hay posibilidad de mantener el “compromiso de clases”.
El resultado de estas tendencias es irónico. Cuanto más nuestras izquierdas integradas pugnan por ser más y más respetables dentro del sistema y por reformarlo desde las instituciones prometiéndonos que es posible volver atrás, al keynesianismo, el sistema nos aboca cada vez más a una dinámica de todo o nada. Tanto de guerra social como de guerra militar. Lo estamos viendo doquiera posemos la mirada (...)
Somos una sociedad disciplinada y derrotada a fuerza de cuartelazos, golpes militares, restauraciones bipartidistas y brutales dictaduras, la última de las cuales ha perpetrado el mayor genocidio político del siglo XX (durante casi 40 años en los cuales todo el que tenía cualquier pensamiento que fuera colectivo o social, fue asesinado, encarcelado, desterrado o domesticado con el miedo). Después de eso, el largo juancarlismo con su pseudo Estado “de Bienestar” y más recientemente la venalidad social a través del crédito fácil, el ladrillo y el pelotazo, han dejado poco margen para la reconstitución de la sociedad.
Por eso aquí la corrupción se da por entendida. Cuánto más cuando hoy ya es inherente al capitalismo degenerativo actual, que por su propia degeneración se hace corrupto, lo que quiere decir que no es una cuestión de individuos sino del sistema. A la sociedad española eso le parece normal, porque viene de un capitalismo mafioso que nunca dejó de ser corrupto.
El problema es que las mafias necesitan repartir algo de su fortuna para ser admitidas o incluso veneradas por las poblaciones. Hoy no están en condiciones de repartir y por tanto su legitimidad se va agotando. Pronto tendrán que recurrir a la coalición de las principales fuerzas, a hacer lo que siempre hizo el "bipartido", pero ahora de forma más contundente, y lo harán juntos en vez de jugar papeles distintos. Desgraciadamente, también en breve estarán dispuestos a emplear medidas mucho más drásticas que las empleadas hasta ahora"



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