viernes, 29 de julio de 2016

Desmemoria institucionalizada


Lidia Falcón:
 
"Desde hace 40 años los franquistas, cuyos nombres constan en el callejero de todas las ciudades españolas, y que ellos y sus hijos han seguido estando en nómina de ministerios, diputaciones, alcaldías y empresas públicas y privadas, ya en plena democracia, repiten que exigir una Comisión de la Verdad para restablecer la justicia y la reparación a las víctimas, como se ha hecho en todos los países que he mencionado anteriormente, constituye una “venganza” o una “revancha” y que “reabre heridas” cuando hay que “reconciliarse”. No necesitábamos que vinieran Francisca Sauquillo y José Álvarez Junco a repetírnosla.
El inefable artículo tiene la desvergüenza de decir que “no se trata de enmendar la historia”, sin que nos aclare a qué historia se refiere: ¿A la que nos contó Franco y sus secuaces durante cuatro décadas? Porque en ese caso es evidente que hay que enmendarla. Hay que enmendarla en la memoria de los ciudadanos a los que se ha engañado miserablemente durante todo ese periodo; en la escuela en la que no se enseña a los alumnos la “verdadera” y triste historia de nuestro país; en la Universidad que cuenta con profesores como Andrés Trapiello y otros colegas que encubren con torcidos argumentos la masacre que perpetró el franquismo; en la mendaz propaganda distribuida por los medios de comunicación y los propagandistas de la “conciliación” y el “olvido. Sí, es imprescindible, señores Álvarez Junco, Andrés Trapiello, Francisca Sauquillo, Amelia Valcárcel, Teresa Arenillas, Santos Uría y Octavio Ruiz Manjón, enmendar esa falsificada y culpable versión de la historia de nuestro país en honor a la verdad y a la justicia, suponiendo que a esos ilustres personajes les importe la verdad y la justicia. Y hay que enmendar la versión falsa de la historia que se sigue difundiendo, para que los señores y las señoras de esa Comisión de la Memoria no se atreva nunca más a decir que han desaparecido “aquellas pasiones políticas que llevaron a la gente a la barbarie del exterminio mutuo”, que es como resumen la Guerra Civil.
Es inaceptable que los firmantes del artículo, escritores, filósofas, políticas, se atrevan a afirmar que fueron “las pasiones políticas las que llevaron a la gente a la barbarie del exterminio mutuo”. Como todo historiador sabe, la guerra civil, como todas las guerras civiles, son la expresión última de la lucha de clases. Fue el propósito de las oligarquías de aniquilar el proyecto republicano, de derrotar al movimiento obrero y campesino y de entregar inerme y exhausto al pueblo español a la fauces insaciables de la codicia de la aristocracia latifundista del sur y del oeste, de los consorcios industriales del norte, de la banca española, de la Iglesia católica. Todos los grupos de las oligarquías a los que la República comenzaba a arrebatar el poder omnímodo que habían detentado durante siglos. Esas clases dominantes pagaron a un sector del Ejército español para que se levantara en armas contra el gobierno legítimo de la II República, elegido por mayoría absoluta en unas elecciones absolutamente limpias pocos meses atrás. Esa parte del ejército golpista recibió la ayuda económica, militar y armamentística de los gobiernos de Alemania y de Italia y el apoyo explícito del Reino Unido, de Francia y de Estados Unidos, además de la infame propaganda que se desató en varios otros países a favor de los fascistas. Al terminar la contienda con la derrota de las tropas republicanas la dictadura franquista desató la represión más feroz contra todas las organizaciones y personas que no pertenecían al bando nacional. Esa persecución duró más de cuarenta años, como se demostró con los asesinatos de Atocha en enero de 1977. De modo que el exterminio no fue mutuo ni estuvo inducido por las pasiones políticas. Sería bueno que los articulistas leyeran El genocidio español de Paul Preston, poco sospechoso de actuar por pasiones políticas que le induzcan a ninguna barbarie (...)
De igual modo al afirmar que “no se trata de establecer una versión canónica del pasado que fije los méritos y responsabilidades de cada uno en conflictos internos muy complejos y las deudas derivadas de tales actuaciones. Tampoco en adentrarnos en pantanosos debates sobre la personalidad colectiva ni de hacer proyecciones de culpas y méritos pretéritos sobre grupos sociales del presente”, quieren decir que no vayamos a exigirle responsabilidades a Martin Villa y a Willy el Niño, criminales reclamados por la justicia argentina por la comisión de delitos de lesa humanidad,  que disfrutan de libertad y buenos ingresos en diversos puestos lucrativos. Como tampoco vayamos a recordarles a los sucesores y herederos de los ministros y empresarios franquistas, que los capitales de que hoy disfrutan tranquilamente fueron adquiridos mediante el expolio de sus legítimos propietarios al amparo de la dictadura.
Estos imparciales, objetivos y conciliadores articulistas repiten en otro párrafo lo que ya se ha convertido en mantra: “no queremos dar una lección de historia, ni mucho menos imponer una determinada versión del pasado”. No, claro, porque hemos de quedarnos para siempre con la impuesta por los ideólogos del franquismo, no vaya a ser que los supervivientes y los hijos y los nietos de los que se beneficiaron de aquel infame periodo se enfaden"





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